cangrejos

La calle vacía a la hora de la siesta con el sol encima, completo. La brea floja removida con un palo , enroscada como un confite de feria. Mi calle era así, con paños de cemento, no una cinta uniforme color gris, sino paños unidos por líneas oscuras de brea, para que el material trabaje, se acomode a la dilatación.

La plaza estaba embaldosada . Baldosas rectangulares con estrías. En la figura rectangular de la plaza se imprimía otro rectángulo pero éste  estaba un nivel más arriba,  el terreno plegado . Sobre esa elevación,  canteros triangulares albergaban un césped  de un verde mezquino.

A mi me interesaban los caminos de la plaza, las líneas rectas de 100 metros,  los desniveles  del terreno. Una vez iba tan concentrado observando las estrías de las baldosas coloradas  cuando levanté la vista para ver en qué punto del trayecto  estaba,  choqué a una pollera gris . La mujer me miró con rostro de insulto.

Mi bicicleta era una poderosa Aurorita con asiento banana y manubrio como astas de toro, cada manopla tenía un mechón de cinta de plástico que tomaban vuelo con la velocidad. Dado la forma del manubrio no era una bicicleta en la que pudiera hacerse muchas maniobras suspicaces. Sino que su andar garantizaba el cuerpo erguido y una amplia visión del terrero. No recuerdo cual fue la razón por la que dejé de andar-la ni se cual fue su destino postrero.

Las tardes de verano eran irremediablemente fulminantes y la sola idea de darnos un chapuzón en el río nos hacía correr un frío por el espinazo. No sólo mi madre me advertía de la peligrosidad de este lado del río sino que teníamos resultados empíricos de la verdad de esa afirmación. Cuando se ahogó el hermano mayor de Boggio, un muchachón de 16 años , peludo y mujeriego (sus actos sexuales con las chicas del barrio eran observadas por nosotros y algún que otro curioso que tuviera acceso visual a un baldío cercano a un monumento histórico ) descubrimos que la muerte le hace frente a todo. Pancho, el ahogado, tenía varias novias. Las llevaba a una casita de madera que había en un baldío, sobre la parte baja de la barranca del río, ahí le levantaba el vestido a la chica de turno y se movía como loco adentro de ella, emitiendo bufidos mientras la chica, acodada en una repisita de piedra ponía caras, de dolor, desmayo, presión. Nosotros los espiábamos desde lo alto, ocultos tras ufoto partanas espinos.

El carmen se recuesta sobre una barranca. Desde el pueblo del frente se pueden ver los techos de zinc y algunos de tejas que tachonan la loma. El río serpea y tiñe de verde la ribera.

La orilla opuesta al Carmen es un bajo. La orilla sur del río,  mansa y con playas de arena, son el entretenimiento de los lugareños. En la opuesta murió Pancho. Encontraron su cadáver, atrapado entre unas rama de sauce, comido por los cangrejos. Estos bichos no perdonan nada.

2 pensamientos en “cangrejos

  1. Mario

    Ahora entiendo tus sentimientos encontrados, respecto del mar y los ríos. Qué terrible debió resultar para esos mocosos, voyeurs de los pininos sexuales de Pancho, saber que éste se había ahogado.

    Muy vívidos que tienes los recuerdos

    Saludos

  2. Un poco ficción otro verdad, lo que se dice, verdades a medias. El río siempre presente, había veces en el día que uno ni siquiera miraba semejante espacio con agua.
    Lo de los ahogados es cierto, todos los años el río se lleva a varios.
    saludos Marichuy

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