Una peste

El muchacho tendido en una cama desecha sufre los síntomas de una peste que comenzó a propagarse el mismo día que  la iglesia ardió en llamas. Los muertos se apilan por cientos en el centro de la plaza empedrada , los más empeñosos reunieron maderos y otros elementos combustibles para quemar a los cuerpos. La otra gente mira desde una distancia considerable,  en contra el viento.

El día se presenta gris como las piedras que erigen el palacio municipal. El chico sufre  en cama  la hinchazón de  los bubones en el pecho y la garganta. La madre dice que si bebe el caldito que ella  preparó, con cebolla hervida y batata sin pelar, las bolas de pus reventaran hacia hacia “>hacia “>hacia “>afuera como un forúnculo. Morirá  si la malicia se va hacia adentro. El chico ahora está delirando.  La ventana, tapada con cartones y trapos,  deja entrar el viento helado. La madre se las ha ingeniado para hacer fuego en una de las esquinas de la habitación. Las sábanas están  sucias y mojadas por la humedad que despide el cuerpo afiebrado , la madre piensa: no pasa la noche.  Tirando por la ventana a la calle se ahorraría andar con el cadáver a cuesta.

Los demás familiares han abandonado la casa. Cruzaron en bote hacia la otra orilla del lago. Dicen que allí el que tiene aspecto de enfermo es decapitado sin reparos. Por eso la ciudad aun mantiene una población de sospechados y samaritanos que vagabundean por las calle de piedra en busca de enfermos abandonados en algún rincón . Hace días que el aspecto de la ciudad es tétrico. El olor a muerto no se puede disimular ni con el viento que llega del lago y que a veces barre el caserío todo el día. La madre, ahora ocupada en limpiar las heridas superficiales que supuran un líquido espeso violaceo, desde esta mañana se ha observado en su cuerpo de mujer marchita unos pequeños granos colorados en la pelvis, durante gran parte de la mañana no dejó de rascarse. Cuando junta las manos de su hijo para calentarlas entre las suyas nota que las sangre atravesó su sayo grueso, manchas borratintas, como una expresión inofensiva. Pero no quiere mirarse la herida. Sabe que se encontrará con una llaga abierta y no le falta demasiado para estar delirando como lo hace su hijo.

Con la fiebre llegan las gotas ínfima de una lluvia que comienza a caer en la aldea.peste

2 pensamientos en “Una peste

  1. Mario

    Mala hora para leerte: justo estoy comiendo y mientras me iba quedando con los ojos desorbitados al leer tu precisa descripción pestilente, mi garganta se iba cerrando impidiendo el paso de las lechugas de mi ensalada, jaja

    Tu escrito muy bueno; casi me sentí en la Europa del Medioevo, durante la epidemia de la peste negra.

    Saludos

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