Una vida

Me cuesta llegar a casa. No quiero. Empezando por transponer el portón de chapa y bordear el senderito desde donde se divisa la otra puerta, una más endeble que la primera pero resguardada de la maldad por su aspecto calamitoso, aún así no me fío, los buscadores de oro hacen, previo a sus pillajes, un trabajo de inteligencia que podría dar con mi ajedrez tallado en madera y el grabador de mano. Los buscadores de oro prefieren cualquier cosa revestida en aluminio a una primera edición de cuaderno  San Martín que yo mismo me robé de la biblioteca pública con un ardid, dije que se me había extraviado y lo repuse con otro, impecable, para alegría de la bibliotecaria.

¿Cuánto puede salir la primera edición de un libro del poeta ciego? El tiempo lo dirá.

Las clases de teatro , desde que se fue Elena, ya no son lo mismo. La libertad con la que me novia comienza ceñirse. Es que a veces no encuentro sentido a ciertas premisas que maneja la psicóloga, libertar corporal, sentirse a gusto con el cuerpo, estar comunicado,frases que me resultan histriónicas. Sin embargo le tomé simpatía a Carol, mi analista, corre su mechón de cabello espeso que le va directo a la cara, lo sujeta atrás de la oreja. Aunque su nariz es afilada le va de perlas con el mentón y los ojos, almendrados y suspicaces, mirada de psicóloga. No quiero describirla, inevitablemente llegaría a sus pantalones de hilo. Paso.

Me llamo Leonardo vivo en una ciudad del sur de Argentina. Escribo poesía y hago teatro. Alquilo una casa en un barrio de trabajadores. No estoy lejos del centro comercial de la ciudad. Tampoco comparto mi espacio vital (psicóloga). Se trata de un departamento de dos ambientes. Piso colorado, dormitorio con ventana desvencijada.

La cocina va contra las normas de la sensatez y el baño tiene más chifletes que una tienda de campaña en medio del Sahara. Así vivo. Ahora estoy leyendo Moby Dick, en una edición ilustrada por un fulano que no le sacó punta al lápiz. Curiosidad numero uno: letra grande, curiosidad número dos: muchas páginas por delante. Parece un ladrillo. Esta es la historia del hombre que construyo su casa con ladrillos de libros de Moby Dick y en sus ratos libres… En un punto de la narración de novelas los espacios están creados para guardar silencio, páginas en blanco, como el inodoro de Duchamp.

Un amigo de Viedma me contó que una vez le regalaron, envuelto en papel manila, un libro lujosamente encuadernado sin título ni contenido sólo venía con una nota en una tarjetita: esta es tu vida. Era un regalo de su ex novia.

Si el capitán Ahab hubiera elegido la indeferencia, la novelística norteamericana hubiera quedado en manos de Tom Sawyer, pero el viejo maníaco desarrolla una histeria en el ballenero, digan que está cercado por el océano sino cuántas locuras más ubicaríamos en la historia de la literatura junto a las del Quijote. En cambio nosotros tenemos a Martín Fierro que mucho no se preocupa y elige vivir con los indios en la toldería haciendo interesantes anotaciones en su diario íntimo sobre las cautivas y los excesos etílicos de los caciques. Carácter introspectivo. Pero Borges lo detesta, Borges es el primer anti- Diego.

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