La pieza de la vieja

balconAyudado por el calor  y el coraje que había reunido de la manera que a él le resultaba positivo, rápido, se adelantó ante su porte erguido de chica linda y le dijo si no quería conocer el cuarto de la vieja que había muerto, puesto que los parientes, según le había oído decir a su madre, llegarían de lejos, tal vez Rosario, tardando una o dos semanas siendo un buen motivo. o no,  para allegarse hasta aca, El Carmen. Y la chica que era corajuda y de bellos ojos castaños dijo que si pero que debía ser otro día porque ahora era mejor estar en el río tirándose de la orqueta al pozón y que allí estaría Alfredo, su hermano mayor, al que le gustaban los higos pero le molestaba la lechita débil que salía de las ubres rígidas porque le quemaban los labios y alrededor de ellos se le formaba una traza roja como si se hubiera pasado un lápiz.

Esperó lo que duró esa noche, y a cada rato se asomaba a la ventana aguardando a que la luna se metiera entre las dos torres de la iglesia. Sus padres se dormían tarde, a uno le gustaba la tele, el otro acomodaba las almohadas para poder leer. Era verano.

La casa de Mabel quedaba a pocas cuadras de la suya,  en descenso,  hasta los terrenos  con quinta de choclos y rosas en el fondo, cerca de la costa. La casa de Mabel tenía una puerta de dos hojas  altas , en ese hueco perfectamente podría haber cabido una sola, sin embargo por esa zona todas las construcciones tenían esas puertas y ventanas con herrajes coloniales y farolas con vidrios rotos. Mabel se había peinado raro esa mañana. No importó, igual se veia linda y no podía sostenerle la mirada por algo más de treinta segundos. El tiempo era una lastimosa forma de entregar su alma, de mostrarse indefenso ante la criatura que lo desarmaba pero ayy que pensamientos torpes y cuanto cosquilleo ascendiendo. Era cerca de las 11 de la mañana, los papás de Tatilo trabajan, en casa estaba Luli haciendo la comida. Tatilo abrió la puerta de calle y una mancha de aire frío los reconfortó, se dirigieron al fondo donde un gallinero despedía su olor a mugre, unas chapas manchadas hacían la vez de cerco con la casa de la vieja muerta y hacia alla se dirijieron. Dos plantas, cuatro ventana trasera que miraban al río, una puerta-mosquitera descalibrada ofrecía su boca negra y adentro las baldozas oscuras no parecían tan viejas como el techo, desconchado y comido por la humedad.

El cuarto que Tatilo quería mostrar era otro, no el comedor que lo único llamativo que tenía  era una araña opacada por la pelusa y el ollín. Él siempre adelante, abriendo el paso por los espacios fríos y picantes de olor, producto de la descomposición de las telas que cubrían la mesa manchada por una maceta deformada y los cajones de diarios apilados y atados con piolín . La puerta del cuarto estaba abierta, tal camo la había visto ayer con su padre porque lo recuerda urgando vitrinas, cajones y una biblioteca,  maldiciendo a la humedad y los ratones, a esta vieja no le gustaban los gatos Tatilo, ellos se cobran la venganza. El chico había oído una historia acerca de las ratas de agua, mucho más grande que una laucha, equiparadas con el  porte de un gato mediano y medroso. Se las podía ver cruzar la calle empedreda saliendo de los juncos con su piel sucias como si vivieran en una lata de aceite hacia los conventillos de la rivera, casonas viejas , algunas con piso de tierra y hojas de diarios pegadas en las ventanas. Por supuesto que alli vivían los que no tenían donde ir, los que acarreaban bolsas en el mercado, o los que plantaban tomates y limpiaban las escaleras de marmol de la casa de los ricos. Sabía el padre, de buena fuente, que una de esas chicas que trabajaba en el colegio de las monjas limpiando las aulas, una noche dejó a su bebé dormido para ir a conversar con la vecina , como el bebé no mostraba señales de haber interrumpido su  sueño, la madre se quedó más tiempo del que había calculado y a la madrugada, cerca de las tres, al entrar a la pieza halló a una rata metido en la cuna, sorbiendo con saña el cerebro del indefenso. Una historia demsiado cruel para la gente de mala vida. Pero es así como se comporta el destino jalonando pesares a los que no tienen cabida para albergar más.

A Mabel le gustó una pila de revistas Para Ti de la época de Perón y una latita de bizcochos pintada con colores rojizos. Tatilo la miró todo el tiempo, la nuca blanca con su pelusa de durazno, el perfil altanero y su voz cantada. No te puedo regalar nada, esto es de la vieja muerto, estoy seguro que se te aparecerá si te llevas algo de esto. Yo no creo en cosas de fantasmas, me llevo la lata y vos no decís nada.

Adentro, primero salía un olor a anís. Después pegada en el fondo una foto. Seguro que de la vieja muerta pero de joven dijo mostrando su risa.

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