Alicia regala una lata

No bien tuve la oportunidad de escribir a mi prima Alicia para comunicarle que la casa ya estaba lista, había pasado el otoño y  transcurría un invierno benevolente de ventarrones y silbidos que proferían algunos tiestos que había dejado a la intemperie aguardando por un coche que los llevase lejos. Tenía información de que la casa había sido un lugar de inspiración para mi tío Alberto, al que yo estimaba mucho y conservaba de él varios de sus libros en original, embutido todo en una lata de proporciones generosas. Alicia me las obsequió una tarde, puedo recordarlo con nitides. Me llevó hasta su cuarto de la calle Etchart 432, al este de la gran ciudad, alli pasa su vida de maestra de escuela. Esperé con una taza de té en la mano mientras ella sacaba del fondo de un estante una lata extraña en su forma, adentro contenía hojas sujetas con piolines, nunca había visto algo semejante. El papel era delgado, como las capas de una cebolla y la tinta del color del rimmel.

Papá escribió siempre en estas cuartillas incómodas. Creo que si te equivocas la hoja ya no sirve, si quieres conservar una copia medianamente prolija, dijo Alicia.

No sé lo que sentía, no dejaba de mirar su rostro de preocupación por estar entregando un tesoro familiar. Tío Alberto jamás sería un escritor postumo famoso, nadie se haría rico con estas hojas que ahora Alicia me entregaba con celo, pero yo notaba que si flaqueaba al recibirlos iba a guardarlos de nuevo debajo de toda aquella pila de revistas, libros y cajas de fotografía en blanco y negro. Dejé la taza de té sobre la mesa y admiré un poco las hojas escritas con letra apresurada. Si, aquella era una letra de un hombre desesperado, algo lo perseguía, el tiempo, los recuerdos o el propio presente. Me atreví a pensar ello, por qué no habría de hacerlo? Jamás me expresaba abiertamente ante un suceso imprevisto y este era uno; Alicia se alisó suavemente la falda cmo si quisiera quitarse unos pliegues, a vos te va a gustar, si te digo que leí todo eso te miento, pero sé por mamá que lo que está en esa lata son historias de El Carmen y su puerto de aguas interiores, como él solía nombrarlo, un petit castillo rococó y el río Negro.

Creo que el paso de los años me puso reivindicador. La falta de posiciones fuertes en  mi juventud se vió compensada por un ir hacia atrás en la historia de la familia y en todo caso, este recato burgués, combatido con sarcasmos ante embates materialistas, no se vieron afectados en el balance final de ganancias y pérdidas.

En la noche, solo, con la lata de escritos a mi disposición, me sumergí en las primeras historias de El Carmen y su río de boca oscura.

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