En la casa

El sendero que llevaba a la casa, otrora de gravilla colorada, ahora era una franja raza que cuando llovía se convertía en una pista surcada por hilos de agua que bajaban a velocidad hiriente. Mientras la construcción había conservado su estructura de casita de cuento, con dos ventanales al frente , una puerta de madera blanca con llamador de bronce y una chimenea de piedra agarrada con argamasa, el aspecto exterior dejaba mucho que desear en lo que respecta a disposición de arbustos y árboles que tanto tenía en alerta a abuela Cuca. Los laterales de la casa eran verdaderas colonias de insectos y roedores tapiadas de altos yuyales cuyas hojas cortaban como navajas. Y en el fondo de la casa, la puerta mosquitera desfasada de los goznes, con rajaduras y evidente óxido. La malla de metal que servía para quitarse el lodo de los zapatos se hallaba indenme pero de un color pop. Sin embargo, no había pasado tanto tiempo, quiza un año, dos veranos y primaveras, sin llegar a hacer nada el invierno con su frío de hacha. Pareciera que hubiera proliferado el desencanto de una naturaleza ordenada para convertirse en un territorio caotico de seres sin regidor. El fondo de la casa tenía un límite, el paredón hecho con planchas de cemento donde había pintado en cada una de ellas símbolos infantiles, cabezones con pirincho, vocales remarcadas varias veces con colores distintos que le daban una apariencia de expansión, casitas humeantes y animales. La casa del vecino tenían en su parte lindante un olmo viciado de bichos canastos que caían, dada las circunstancias del viento y a alguna razón de la naturaleza, en nuestro terreno. Los bichos canastas son dañinos aunque parezcan seres tímidos que se arrebujan en vainas de seda ocre. Por suerte el patio no tenía artículos, ni mesas, esqueletos ni nada tirado. Era una población de yuyos que se erigían a través de las baldosones y canteros limitados por cantos rodado.

Lo primero que se percibe es el olor porque el mismo te retrotae a distintos recuerdos tomando por descontado que en el ahora, la acción de abrir una cerradura endurecida por la humedad y los mecanismos propios de los metales débiles que la conforman, es un acto en si mismo contemporáneo. Mezcla de libro humedecido, ropa en la cesta de mimbre lista para el lavaropa, paraguas embutido en un jarrón y polvillo irritante, ese es el vaho que te llena la nariz. Los ojos que tardan en meterse en el universo de la casa cerrada y sin embargo actúan los ojos del recuerdo, el sofa de cuero con botones, la lámpara de pie que parece un chino inclinado, la mesa de vidrio, el armario vidriado ( que debe tener todos los adornos y algunos libros intactos de la corrupción del tiempo atmosférico ) y la mano que se dirige al mecanisno de apertura de la ventana, postigos y luz.

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