ESCRITOS 2

Cualquier tipo desearía a una mujer así, deliciosa, digno de estar con ella en la cama todo un día, apreciando su cuerpo, sorbiendo su húmeda frescura. Desde que me contaron la historia de la Mont, mis relatos tendían a ser sugestivos, no explícitos obviamente, porque me hubieran expulsado del lugar ,  pero si románticos, melosos, con encuentros furtivos y adolescentes rebeldes que dejan sus hogares para huir con un sátrapa despiadado. La Mont imaginaría después en su hogar, tendida en un sofá de cuero, a media luz, la cortina corrida; que la muchacha era virgen pero que de la noche no pasaba, que el bandido muchachón estaba tenso como una vara de sauce joven y no soportaría la urgencia y en cuando avistase un cobertizo que albergase heno improvisaría un lecho para acometer su indigno propósito. Una vez me habló directamente a los ojos, no me atrevería a escribir una historia tan audaz sino estuviera en el mismo meollo, dijo. No hice comentarios. Debo declarar que su mirada lacerante me intimidó. Despojó mis intenciones de poetastro erótico. Durante un tiempo me sustraje de escribir y solo rasgueaba la guitarra en la soledad de mi habitación. Me aboqué a la lectura de las novelas de Verne y Salgari. Me pregunté varias veces en que estaría pensando Emilio Salgari cuando inventó a Sandokán, el mítico guerrero que se enamora de la muchacha occidental y gesta hazañas por ella. Terminado el segundo año debí rendir matemática en diciembre. No entendía mucha cosa. Me esforcé por razonar las fracciones y me resultaba más ágil transformar a números decimales que operar con los quebrados. La buena providencia quiso que el examen  resultara propicio para desarrollar mis estrategias, el profesor me entregó la libreta con un ocho estampado. Pero la historia que voy a narrar nada tiene que ver con mi vida urbana de pueblo de provincia. No sé si les referí que vivo en el Carmen, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, en el extremo sur. Por allí cruza un río que sirve de límite a los territorios de Río Negro y Buenos Aires, por esos lares anduvieron los hombres de Rosas engañando indios y timando a colonos. El Carmen se recuesta sobre una barranca, al pie de un río caudaloso y lento en su camino serpenteante hacia la desembocadura. La historia dice que cuando arribaron los primeros colonos a la zona se establecieron en la margen sur del río porque sus tierras estaban pobladas de sauces y manzanos silvestres. Construyeron casas con los maderos de los árboles del lugar pero al tercer invierno una gran crecida arrasó con todo y debieron trasladarse a la parte alta, es decir, a la margen norte de río Negro. Primero construyeron un fortín, luego una capilla y a su alrededor, como todas las ciudades españolas, el caserío. El Carmen cobró interés estratégico cuando el gobierno de Rivadavia entró en conflicto con la entonces corona portuguesa, trasladada al Brasil por razones políticas. Argentina era una nación incipiente con nulas fuerza sin embargo la guerra con el Brasil resultó un éxito para el ejército argentino que se desenvolvió tenazmente en el terreno de la banda oriental y el sur de Brasil. La corona portuguesa quiso dar un golpe a la británica tomando el puerto de El Carmen y para ello decidió enviar a la Patagonia una breve flota para tomar por asalto al pueblo maragato. El fin de la historia puede leerse en infinidad de libros, no quiero hoy explayarme en esta dirección, pero si les puedo adelantar que si hubo un vencedor fue el pueblo de El Carmen. Por ello su iglesia remodelada alla por el 79 resulta un objeto de museo, en ella hay dos pabellones brasileros enmarcados y colgando a la derecha e izquierda del altar. La leyenda dice que el gobierno del Brasil le pavimentaba todas las calles al paupérrimo pueblo si éstos accedían al cambio. Obviamente no se hizo. El Carmen es una ciudad con historia siempre cuando hubo puerto de aguas adentro. Aun quedan vestigios del muelle, vetustos maderos podridos. La arquitectura del pueblo es colonial y no es que se quiso conservar la línea sino la carencia era tal que hubo casas a punto de derrumbarse.

En una de esas casas nací yo.

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