ESCRITO

Tengo comenzado un diario en la computadora y también llevo un cuaderno de notas para escribir en cualquier momento y en cualquier lugar sin necesidad de electricidad. Debo confesarlo: me cuesta escribir: la mano derecha se pone rígida y a veces la letra sale cuarteada. Sin embargo el deseo de escribir es mucho más brioso que la propia capacidad y abandonar la escritura todavía no me ha tocado. En la impotencia de no poder llegar a buen puerto leo y, lo hago con fruición si hallo el libro adecuado, con la atmósfera propicia para que mi imaginación planee sobre los cielos de la ficción. Al no tener lecturas ordenadas, pienso, mi prosa también cumple un papel aleatorio. Es una profunda confesión la que estoy escribiendo pero no duele como suele ocurrir con otro tipo de confesiones a saber: he asesinado a un hombre a puñaladas porque lo encontré montando a la madre de mis cinco hijas. Desde que tengo uso de razón siempre me gustaron los hombres, yo robé el dinero que estaba destinado a comprarle una silla de ruedas a mamá. Esas confesiones penosas nada tienen que ver con pronunciar que, escribir es una tarea ardua, pesada y con pocas satisfacciones. Siendo el acto de escribir puramente lúdico porque descreo del exorcismo de la literatura, si es trabajoso hacerlo será el destino de la naturaleza. Así lo entiendo yo y siempre he atendido a esta consigna. Sin embargo ahora me encuentro escribiendo, esta mañana de verano de 1998, con un pronóstico nada halagüeño, el calor romperá los cristales de mercurio para marcar que pasará los cuarenta grados centígrados, la historia ocurrida durante el invierno pasado. Soy una persona cerrada. Me cuesta abrirme. No sé cómo llegué a este puerto. Reconozco que mi infancia resultó ser una especie de pecera en la que me recluía. En la adolescencia un brote extraño de sociabilidad invadió mi personalidad, según mis escritos de esa época puedo deducir que mis aspiraciones eran de tipo épica, glorioso salvador de los lugares comunes, perseverante conquistador de las mejores muchachas. Claro está que todo esto estaba en mi mente. Pasaba mis tardes bocetando historias de monjes y animales parlantes para la clase de literatura. Con el tiempo me di cuenta de lo poco que se utiliza el idioma escrito y no es que yo fuera un eximio narrador sino que usaba dos o tres palabras más, diferentes, que los que utilizaba la media. Escribía: amo a esa dama porque carezco de ojos para enfrentarme a su belleza y si los tuviera me enceguecería. A decir verdad era todo muy cursi pero una nefasta arma para la profe de literatura, una veterana afrancesada que usaba portaligas negros muy insinuantes; lo sé porque me lo contó un amigo, la espió desde uno de los ventanucos del baño de varones.

No vas a creerme, vos sabes que a la Mont la sigo a todas partes. Esta vez dió justo en el blanco. La vi caminar apurada hasta el de baños de profesores. Como siempre iba impecable, vestido hasta la rodilla algo ceñido y una blusa blanca. Corrí de inmediato hasta el puesto de observación, trepé la parecita de concreto y ahí la tuve, mirándose al espejo, corriendo un mechón de cabello de la frente, levantándose la falda que dejó al descubierto unos muslos blancos y carnosos, apetecibles hermano apetecibles, vi también su hermoso culo, redondo, con las nalgas que se apoyaban en la losa del inodoro y no pude evitar llevarme la maño al que te jedi. La Mont era soberbia. Pensé cuál sería su dificultad para no llegar a entablar una sólida relación con un hombre.

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