Entrada para que no cierre
Terminé de leer el libro de Gaddis Ágape se paga, en la edición de Sexto Piso, por demás emperifollada, con dos páginas de cartulina morada previo al escrito de Fresán, el título en original y demás cuestiones técnicas. Decido escribir en este antiguo blog wordpress, que tanto quiero por la letra y no quiero abandonar pero se hace tarde y puede que no lo vea más por cuestiones de contrato con los usuarios que abren blogs como cuentas de correo, messenger, twitter y demás yerbas. Dije, terminé de leer el libro de Gaddis e inmediatamente me puse a escribir algo en quaderno ribadabia entonces advierto que también acá, ( en el archivo de blogspot ) hay algo sobre Martín Kohan, Bahía Blanca, novela que me pareció genial, repleta de referencias que nunca me puse a buscar pero que sé que están ahí. Bahía Blanca es una novela de confesión. El confesor es un profesor de letras que por ser lo que es, nombra a escritores, obras, asesinos de los libros. No está muy cuerdo que se le parezca pero se trata de una novela, no ? Esto no es una reseña. El espacio para ella la tengo en quaderno ribadabia que, antes de que me olvide, quiero cambiarle la direcctón de url porque cuando vos ingresas a él, al blog, tenes que tipear www.fuentemarcha.blogspot.com y nada tiene que ver con quaderno, cantrariamente a lo que pienso veo una dificultad, y si después no me veo en el espacio digital, conclusión me quedo con la vieja url.
La foto está bajada de la red.
Gorro lapón
Ella tiene un gorro lapón y lo cuida con esmero. Parece que se lo mandaron a vuelta de correo envuelto en una bolsa de plastico duro. Me llama por teléfono para que vayamos a dar un paseo por ahí, seguro que bajamos las calles del alto de la ciudad con una panorámica de fondo color violeta, de meseta fría. Es en verdad un día helado a tal punto que las cañerías colapsaron, las plantas recibieron una paliza tal que sus hojas están yertas y moradas, el color del frio a veces es blanco y otras morado pienso. Tomo el colectivo es una esquina donde se formó un charco congelado, por debajo de la capa de hielo se ve un líquido marrón parecido al té con leche. En el mp3 el led de las pilas comenzó a titilar. Otra vez sin música en el bondi. Bajo en la parada cerca del hospital. Voy a la busca de los departamentos. Antes de llegar a su puerta recibo un sms, la sorprendo con tres timbrazos. Cuando ella abre la puerta veo su gorro lapón. Hay olor a tostadas y una taza humea en la mesa del living. Pido un café. Ella le pone tres cucharas de crema con mucha esencia de vainilla. No menciona en ningún momento al gorro. A mi me parece que los colores son apropiados. Veo su material y recuerdo una matra que mi abuela se colocaba en las piernas cuando tejía con agujas. Adentro de la mochila traje los libros que le había prometido. Todos tienen la tapa blanda y ninguno se distingue de otro por la pinta. Ignoro qué tiempo meterá para leerlos pero le aviso que dentro de un mes paso por ellos sin excusa. Mientras me paro delante de su biblioteca de caña y para ver algunos títulos tengo que correr algunas baratijas: duentes con cazo y algún que otro ser mágico hecho en porcelana fría pintados con esmaltes chillones, un reloj de sol con tapa, una canastita con tres monedas de colección, una imitación de papiro quemado. No me olvido del café pero cinco minutos son suficientes para se que enfríe. Hace tiempo que no puebo manteca una comezón por todo el cuerpo me invade ni bien mi lengua repasa la viscosidad. Ella se va a la pieza y vuelve con el abrigo puesto. Era como me lo había imaginado. De frente la barda y el viento gélido. Al llegar a una esquina vemos que una mujer tiene un gorro parecido al de Irene, dice, puede que lo haya comprado en el mismo sitio que yo? No metemos en un café
El cerezo y el pájaro
El árbol de cerezo tiene un tronco todavía joven, calculo que unos 13 cm de diámetro o un poquito más. Resulta que hace tres veranos que se instala en el parque a su anchura y comodidad pero a la hora de los postres, literalmente, no da frutos y si alguna vez los dio no calculó que los pájaros también comen. De manera que me cansó porque a decir verdad es un árbol que quita fuerza e ímpetu a sus vecinos, imagínense, si los árboles compiten porque los hombres deberían ser comprensivos, racionales y bla bla. Tomada la decisión comprobé que no tenía herramienta alguna para llevar a cabo la misión.
Subo al entre piso de la casa. Un proyecto abandonado que retomaré con el tiempo. Dije, subí al entre piso y lo único que encontré para tirar el árbol abajo fue un cincel de grabado.Es bochornoso no tener herramientas. Decidido me fui hasta la ferretería del la esquina, a unas 10 cuadras de casa, y conseguí el asesoramiento de una señorita achinada de buenas formas que me recomendó uns sierrita de dientes molestos para cualquier ser vivo. Al finalizar la operación comercial la chica me preguntó si quería que envolviera la sierrita en una bolsa, le dije que si, ya que usualmente, sin nada en la mano, las mujeres se asustan cuando me ven en la calle imaginé que si me veían con una sierrita amarilla de hoja dientuda correrían en dirección opuesta llamando a la policía. El temor a ser asesinadas en la calle por un hombre de aspecto aindiado, es decir yo, a aumentado exponencialmente en la última década.
Recorro las calles a las cinco de la tarde. El sol del invierno es cálido y el cielo se presta para crear canciones tribales. Recorro, tal vez, seis cuadras más, para tomar aire y reconfortarme con el paisaje, el aire y la vida.
Llego a casa. Lo primero que intento es sacar de la sierra la hoja negra que viene sujeta a una más grande pero los tornillos philips son berretas, en un abrir y cerrar de ojos se desdibuja la cabeza. Con decisión encaro a lo que es el cerezo en sí, un tronco, tres ganchos medianos con sus respectivas ramas. Bajo sin dificultad los ganchos no pasa lo mismo con el tronco madre, tarde tres días a que este caiga por su propio peso no sin antes haberle propinado al tronco varias heridas letales que sin embargo no lo tumbaban. Cómo lo hice ? Compré un hacha de mano, mediana, con mango de goma que me sacaron dos ampollitas de agua en la palma de la mano derecha. Fue así: me arrodillé ante el tronco, me dije si trabajo con ahínco puedo socavar a la pálida corteza que se presentaba inofensiva y endeble. Pudo caer tras los cortes laterales de mi flamante herramienta.
Si hubo un trato con esta planta hay un pájaro que me pide explicaciones. Ni me puse manos a la obra con las ramas repleta de bifurcaciones un pajarito con jopo y pecho amarillo comenzño a increparme o por lo menos llamarme la atención ante su presencia ruidosa de piar enloquecido. Volaba de lado a lado, del techo de la parrilla a la medianera, volvía con vuelo razante al punto unicial, lanzaba un chillido y así, en un ritual que sólo los pájaros pueden trazar con verdadero poder comunicativo. Hoy por la tarde no estuvo presente. Estimo que sabía que su llamado de atención no dio resultado y la caída inminente del cerezo era ya un hecho. Adiós pajarito ecológico. Quize explicarle que la tala no era un capricho sino un reordenamiento de los seres vivos de mi jardín.
Me siento reconfortado a pesar de haber acabado con una vida. Soy una suerte de exterminador.
Un archivo de cd
En el fondo de una bolsa de tela encuentro un cd embutido en un plástico protector. El plástico, apogeo y caída del reino taper ware, ve sus días finales en la segunda década del siglo XXI. Giro el disco para hallarle un indicador de contenido. No tiene remedio hay que hacer un examen directo. Busco la portatil, pongo el disco en la ranura y aparecen los archivos coloreados de amarillo. Son fotografías del verano anterior. Acantilados mordidos por el viento y las patas de los loros barranqueros, si, eso bichos dejan a la miseria las paredes de arenisca, minan de huecos esa masa compacta pero débil a la constancia. No recuerdo quién tomo las fotografías, somos una familia aficionada a la cámara y la sony digital nos abrió un horizonte de posibilidades en lo que respecta al rollo. Sin embargo no hay argumento válido que sirva para convencer a Tina, que ama las reflex y no la cambia por ninguna, siempre ella, cámara al cuello, pendiendo de una tira que dice Pentax. Ella si que es técnica para la toma, achina un ojo, apoya la base de la cámara en la palma de la mano , el clic automático es todo un tema para cabeza ladeada como le dice Pliger: Cabeza ladeada ser fotógrafa profesional y no quitar el alma a las gentes. Ahora me vino una gran curiosidad por conocer las fotos de Tina, quizá nisiquiera reveló el rollo. Mientras sigo el ritmo del programa de la portatil que las pasa cada dos segundos, calculo, me detengo en unas, una rueda de mate. Ese día el viento de mar adentro levantó una cortina de arena que picaba la piel, llenaba de piedritas la boca y ojos, tuvimos que asegurar la tienda con estacas de profundidad y gracias a los conocimientos de
Silvio, llevamos música de su coche hasta la reunión. Tengo presente el par de fotos que tomé porque el mate calabaza con apliques de plata tenía espuma y lo resalté con una copla. Pliger acababa de competir en el río sus quinientos metros libre y no se quitaba la gorra de silicona, mamá no paraba de reir y le había dado una puntada debajo del higado. Las bolsas de roscas con azucar rezumaban la grasa de los calderos. En los archivos del cd también había dos temas de Lee ann wormack y un jpg de la tapa del disco. Cuando presioné sobre The last time el winamp abrió su conocido rayo amarillo y aguzé el oído para percatarme desde mi duro inglés del sur de américa del sur. Quité el cd de la portatil, escribí con una sharpie azul fotos de la playa año 20–
En el taller del pintor
Con la publicación del diario íntimo del pintor la chica temió por su reputación: la suerte y la almohada, a la hora de dormir, cuando caen las fichas le explicaron que no le había dicho su nombre verdadero y por lo tanto ya podrán imaginar . Ella nunca se había quitado ninguna prenda delante de un tipo desconocido pero la mirada neutra del hombre barbado, casi insignificante que se erigía junto al caballete no la intimidó. La manera de asir el pincel, la carbonilla, la paleta, todo lo visiblimente mecánico lo convertía en un tipo simple, sin magnetismo.
Ella miraba sus cuadros apoyados contra la pared de ladrillos húmedos, los burletes de artefactos de los años 6o, cajas con cartuchos de azafrán de amarillo taxi, una alacena descascarada . Hoy vamos a hacer una de torso desnudo le había dicho él, ni bien ella cruzó el portal de vitro, vamos a buscar la manera que resalte lo que nadie sabe que tiene, había dicho el pintor que, por su aspecto, recién se había levantado tenía un termo de metal bajo un brazo y el mate en la mano derecha, le cebó un mate espumoso y caliente, que buenos mates se preparaban en Rayuela pensó ella. El taller en invierno era una suerte de patio abandonado con techo. Caminó por el desorden que la había acostumbrado: un trozo de media-sombra verde con mucho polvo y hojas de plátano, la cabeza de un maniquí calvo femenino. El pintor le dijo que lo que había visto en el camino hasta la habitación era el material para una obra que le habían pedido: buena plata. El trato cotidiano con las personas normaliza los rostros, el defecto de la espalda encorvada se compensa con la ocurrencia de las palabras, la boca demasiada pequeña adornada con un bigote ralo se pierde con el movimiento grácil de una cabeza-gesto que indica cualquier cosa. Sin embargo el detalle del cuello no lo había sabido suplantar por una cualidad y cuando el pintor hablaba veia pliegues de incipiente papada aun tersos pero a los que no le faltaba mucho para hincharse como un sapo. Borró la imagen. El mechero atendía una aureola de fuego anaranjado: el oxigeno apropiado. La luz del otoño es pálida y resulta molesta a los ojos. Esa expresión es oriental dijo el pintor que se quitaba el rompeviento de fibras sintéticas y lo colgaba de una punta que sobresalía de la pared. Ella miró el espacio, el piso de madera, la mesa de hierro, qué hago. Sentate en esa silla le dijo. Estaba junto a la pared, tenía el respaldo alto y curvo. Ayer vino el marchant por la obra del elefante, le comentó el pintor que buscaba algo dentro de una caja de madera compartimentada, quizá el único orden pensó ella. Me consiguió comprador, un turco. Y ahora ? dijo ella. Buscá la posición más cómoda. Ella cruzó las piernas…..
Lo indeclinable y cursi
Cómo me gusta el formato de WordPress, la letra de la caja de diálogo es sensacional, algo parecida a la courier pero un tanto más altiva y no tan separada entre sí. WordPress alimenta mis esperanzas por publicar, acción que también me convierte en un auténtico cursi, ergo wordpress desnuda mis segundas intenciones, saca a la luz mi caracter volátil y lisonjero, en resumidas cuentas: soy un completo desastre. Pero nada de auto compasión. Mi vida tiene ribetes de variada calaña. Hay veces que soy intelectual y no puedo dejar de pensar en cómo expresar la idea que me persiguió toda la noche, diagramo estructura de novelas, concibo cuadros con tramas perfectas, me deleita la poesía. Otras veces, ahh que cambiante es mi vida, camino por senderos de espinos, me arremeten corrientes oscuras por todos los flancos. Por las noches no quiero dormir por temor a las pesadillas. En esos períodos mueren personas conocidas. Y como llega se va un buen día para dar lugar a otra fase de mi personalidad. Aprendí que no soy un individuo con múltiples personalidades como me dictaminó un antiguo psiquiatra, soy muchas personas. No acabo de catalogar nunca mis nuevas formas. Muto permanentemente. En un cuaderno hago anotaciones, intento clasificar, ahora que lo pienso, esa es otra de mis personalidades: el clasificador que reúne datos. No sé que tendrá de cierto lo de la lógica dialéctica, para esa disciplina A=B=C por lo tanto A=C no va, A nunca va a ser igual a C como tampoco tendría que ser igual a B. En esa lógica entraría mi mutante vida que ineludiblemente se dirige a lo que vinimos a este mundo, un camino hacia la transformación y huida del cuerpo que nos aprisiona. Descubrí con asombro que llevo más de 15 cuadernos con anotaciones severas sobre mi personalidad, cada apunte tiene un cariz diferente. También llevo en la portatil una serie de fotos que tomé de mi rostro al levantarme. Puedo apreciar mi pérdida de cabello, marcas en la cara, espacios de piel que antes se notaban tersos ahora toman otro tono o tienden a perder tensión. Las canas en mi bigote y barba no necesitan fotos para revelarse.
Libros en la mesa de noche
Sucede a veces que se me juntan en la mesa de noche varios libros y al momento de acostarme ocupo más tiempo en elegir el libro que en la lectura misma. Es lo que se dice: una pérdida de tiempo. Leer en la cama no es tan fácil: eligo el libro, coloco dos almohadas en planos perpendiculares, enciendo un cigarrillo, doy un sorbo al vaso de naranjada, sostengo el volumen entre las manos con cuidado para no ceder al peso. Mejor es leer sentado, o no?. Leer sin pensar que vas a leer. Con mate y termo a mano. Repantingado en el sillón las horas pueden pasar de manera bergsoniana. Uno y el mundo de la novela, el cuento, lo que sea.
Hay libros que nunca terminan por decidirse a empezar.Quizá voy leyendo la página 100 y el libro sigue en los prolegómenos, en el escenario, en el perfil de los protagonistas, en un viaje que nunca se lleva a cabo o en las cavilaciones del narrador. Son tan desdichadamente adrede que al dejar de leer un instante para mirar hacia el costado y reflexionar sobre lo leído el cigarrillo es una tira de ceniza, el café se enfrió y es tan tarde en la noche que no vale la pena acostarse.
Están los otros libros. Los que se leen de un saque. Como los productos inflamables que tienen su momento de luminosidad para luego apagarse en tonos violaceos. Es en estos casos en las que desconfío de mi capacidad crítica, es como la chica bonita pero sin cerebro, a quién le importa su manera de pensar si toda ella es una musa inspiradora?. No hay argumento posible para el arrebato. Los libros ligeros no son el equivalente de las mujeres ligeras ( estoy hablando en estrictos términos masculinos ) este vocablo acuñado por los machistas es parte de un relato perimido.
Ahora leo una novela generosa . Tiene algo más de 600 páginas. Sabemos que la extensión no supone calidad pero si descripciones o situaciones. El libro que estoy leyendo tiene la particularidad de ser muy puntilloso en la narración de los antecedentes así el lector tiene una compresión cabal de lo que realmente sucede. Fulano se comporta así porque le sucedió esto, mengano murió de cáncer por lo otro, etc. No sé si me está gustando la novela que estoy leyendo. Por empezar el narrador se parece mucho a mi tía Antonia. Otro día volveré sobre el tema.
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Tarta y ajedrez
Lindo capullo de alelí canta Caetano verso que me hizo recordar una tarde de frío otoño, el viento hacía que la puerta de chapa se golpeara toscamente, todo el tiempo, contra el marco , mientras su hermana Luisa horneaba una torta de jenjibre en una cocina de loza blanca del tiempo del ñaupa. En eso andaba Luisa, toda la tarde con cara de oxímoron y cómo es esa cara le pregunté a Pac-man y él simplemente me miró y entrecerró los ojos : es así dijo. Porque estaba en su casa, viviendo con su hermano, Luisa andaba de camisón cortina, las piernas torneadas, el cabello carré el cutis lisito. Mientras tomábamos mate y jugábamos una partida de ajedrez veia como Luisa amasaba y sus lindas piernas pero se notaba todo en ella que algo no andaba bien, un corazón destrozado? lo más probable. Me pregunté si una chica tan adorable capaz de hornear una torta para su hermano fuera tan desdichada. Pac-man me guiñó un ojo como cuando hace la seña del ancho de bastos y de una pila de casettes, revistas Fierro, fotocopias sacó the wall grabado en un casette TDK ferro de 90 minutos y lo colocó en el radiograbador de un solo un parlante, sin tapa, de modo que el casette iba incrustado hasta que uno le daba play a la máquina entonces un adminículo bajó del rectángulo operativo del artefacto y la voz de waters inundó la habitación. A la hora el olor a jenjibre era una canción de pink floyd. En ese mismo intervalo Luisa cambió su semblante al punto tal que canturreaba, en un pésimo inglés, mader duyusin delaik esón….y cuando vino la parte en la que la guitarra irrumpe con un solo sacado de la sensibilidad británica de gilmour ella asió el batidor de acero inoxidable y lo hizo sonar como una stratocaster. Su camisón de tela rígida no bamboleaba se pegaba a sus caderas sinuosas . Al ajedrez me iba mal pero no me importaba, la imagen de Luisa preparando la torta me había bastado para soportar la derrota. No me gusta perder y por ende son cantadas la veces que juego y una de ellas era con mi amigo Pac-man. Descartamos el mate y lo cambiamos por un nescafe recontra batido, mi tío me había pasado el secreto para que el café eche al menos tres centímetros de espuma, no era difícil, había que ponerle soda en vez de agua. Tomamos café instantáneo con dos centímetros de espuma mas torta de jenjibre sumerjida en el líquido negro. Imaginé el reflejo de la cara de Luisa en la superficie ondulante del café también las posibles variantes en una taza fría, tibia, caliente y muy caliente supongo que mucho la ecpresión abotargada de mujer ida no hubiese cambiada. No sé que fue a buscar en una de las puertitas del bajo mesada pero cuando quedó grupa arriba enseñando al publico voraz su perfil pac-man que rondaba la canilla de agua fría la apoyó como se dice literalmente y lanzó una bufonezco oh my goddd. Acostumbrado a este tipo de bromas incestuosas no me sorprendí, pimpollito no está para bromas le comuniqué a Pac-man que torció el rostro en señal de incomprensión. Perdí mi partida acorralado por una torre y el rey, no me pregunten como llegué a estar en esa situación aunque lo caotico en nuestras partidas era común, no escatimábamos en movidas, hoy estoy cometeca vociferaba mi contrincante y comenzaba la razia de intercambio ficha por ficha, perder la dama me sumía en la inseguridad total.
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El piloto
Fransuá dejó el sangu
che de salame sobre la tabla de madera y se levantó del suelo, donde estaba echado al mejor estilo maja, se quitó las briznas de hierba de la chomba con un sonoro palmetazo en el abdomen y consultó con la vista a su compañero de viaje que masticaba en silencio. El tipo había respondido al pedido del “dedo”, ni bien vió a Fransuá, delgado y rubio como un estampa en la curva que llevaba al puente y que por lo tanto hacía que los autos aminoraran la marcha. La Saveiro se detuvo con dos bombazos de freno. Dejen las mochilas atrás y suban a la cabina habló el piloto. Los dos muchachos tiraron el peso del equipaje en la caja amplia y vacia de la camioneta y por acuerdo tácito subió Lepé primero y luego Fransuá que ya se temía un ataque sexual por obra de la casualidad y la costumbre luego de que el hijo de unos amigos de sus padres quizo chuparsela, desinhibido por el alcohol y la noche. Adentro de la cabina el olor a transpiración quemaba el tapizado. Hablaron de Pinochet, las autopistas chilenas, Kadaffi hasta llegar a una estación de servicio. Ingresar al baño costaba una moneda. Se asearon, lavaron el rostro y subieron nuevamente a la camioneta. El piloto era un tipo de unos treinta y cinco años, peinaba unos abundantes cabellos al mejor estilo Jackie Chan, los muchachos estaban seguros que dentro del bolsillo del pantalón de graffa caki llevaba un peine oscuro que utilizaba más de la cuenta. Es hora de ir a camer, los invito al mercado, Una buena comida venía al pelo. Estacionó la camioneta frente a un río sin agua, dos barcos se ladeaban en la arena. El local era un salón de tinglado alto y abombado. Se sentaron en una mesa frente al ventanal, comieron pescado, tomate, lechuga y pan embebido en aji, había potes de ají en todas las mesas junto a canastas de pan hechas con mimbre. Fransuá notó que el piloto llevaba un reloj vistoso sujeto a una malla de cuero negra que le marcaba la piel, los botones de la camisa se abrían, se ve que el piloto frecuentaba seguido el mercado. Invito un heladito vino pipeño para pasar la fritanga del pescado dijo el piloto. Lepé dejó un buen número de espinas en la punta de la fuente de loza, apuró el vino del cilindro de vidrio y fumó un cigarrillo.Es hora de irnos dijo el piloto, pagó con billetes parecidos a retazos de semanarios tabloides. Respetaron el lugar de los pasajeros en la camioneta. La autopista atravesaba bosques altos de alerce y pino. Por momentos vaharadas de perfume campestre entraba a la cabina. Por el efecto de la digestión, el piloto detuvo la Saveiro en la banquina, podríamos descansar. Saltaron un alambrado de púas para ubicarse a la sombra de un nogal, el suelo estaba cubierto de pasto amarillo como si la resolana lo hubiese quemado. Nadie duerme parado. Los muchachos había decido ubicarse en el piso, tumbados boca arriba, para mirar el cielo de otro país, oir los pájaros negro que volaban de árbol en árbol. El piloto apareció con una tabla de madera y unos pedazos de fiambre. Picaron algo. El viaje no había sido muy conversado para que el tipo se tomara la confianza de apoyar la cabeza en el abdome de Fransuá que al comienzo se hizo el boludo pero al tiempo, minutos, recordó al hijo de los amigos de su padre en cualquier momento se lanzaría a la faena. Pidió permiso y se alejó hasta el alambrado de púas.
Fracción
Intento mirar a través de la ventana como el viento arrastra las bolsas de nylon en la plaza mientras sigo tumbado en la cama con el volumen de cuentos en el pecho, la mirada puesta en una de las canaletas del machimbre, aureolas, humedad. No hubiera sido difícil haberme levantado, decorrido la cortina, echar un vistazo al paisaje real de la plaza azotada por el viento. Los árboles se conceden un poco de protección entre sí. Están los favorecidos, a salvo de las ráfagas que llegan frías desde el río, los constituidos de duro ramaje que soportan cualquier tipo de sacudimiento. Desde mi punto de vista, estoy en la cama, con el oído puesto en el sonido del viento, imagino el paisaje, rememoro la ocasión en la que crucé la plaza por la vía embaldosada, en diagonal, hasta el negocio iluminado por tubos fluorescentes, compré un trozo de queso y dos sanguches de miga que había debajo de una campana transparente. Pienso,¿ comí, compré los sanguchito de miga? Por momentos el viento sigue sacudiento todo lo que sea lámina metálica. Un soporte de hierro y unido a él, perpendicular a la pared, un cartel de Bonafide, que chilla porque el viento azota el rectángulo de chapa cuando fricciona los goznes. La calle gana en sonidos de estructuras: carteles, portones, puertas, rejas, mallas, chapadur, maderas, huecos silbadores. El oído reconoce entre todos los ruidos, aquellos producidos por objetos duros y blandos y va confeccionado un mapa del peligro, porque aún no imaginó el bamboléo de los cables, las cuerdas oscuras sumamente peligrosas con sus voltajes y chispas. No es bueno, mejor regresar a la lectura, al episodio de la casa, en un pueblo con río.


